Retorno a la esencia protestante

Por: Juan Manuel Murillo Barreras

     Visitar el gran acontecimiento ocurrido 502 años atrás, “La reforma protestante”, trae consigo una riqueza alentadora y desafiante para el siglo XXI. Sin duda alguna, el movimiento transformador del monje alemán Martín Lutero invita a la iglesia del evangelio a realizar una lectura actual de la situación social, política y religiosa.

Lutero y su situación histórica

     Ante el devenir de la historia se puede observar la responsabilidad de un hombre que sirvió a su iglesia con amor y respeto; la época de crisis del siglo XVI permite ver a un joven que encontró en el servicio su vocación ministerial a Dios, quien oraba fervientemente para que la misericordia y perdón estuvieran con él todos los días. Aunque, para muchos, ha sido ocasión de crítica y desprecio, pues históricamente aparece como el personaje que causó el gran cisma de la iglesia universal.

     A la luz de sus grandes dilemas contemporáneos, el monje identificó la necesidad urgente de la intervención de Dios en rescate del individuo; pues la gran iglesia, quien debía ayudarlo, había cambiado totalmente su intención, los ricos se hacían más ricos explotando a los campesinos, y la iglesia misma empobrecía más al pueblo para construir una basílica, “La basílica de San Pedro”, vendiendo “indulgencias”, cosa que causó desagrado y celo en el corazón de Lutero.

     Tiempo atrás ya habían existido algunos creyentes del evangelio quienes habían hecho algunas observaciones a la mala inclinación de la iglesia Católica Romana, John Wiclif en el año de 1378, dictaba una crítica hacia el mal uso del poder papal, la iglesia y el estado quienes oprimían a los pobres. En esa misma dirección, en años posteriores, Juan Hus tomó la misma responsabilidad y ante tales aberraciones de la jerarquía expresó “Por tanto, ni el papa es la cabeza, ni los cardenales son todo el cuerpo de la iglesia santa, católica y universal” (González, 1994), en actitud de protesta.

     Lutero no se quedaría atrás, estaba consciente de que se necesitaba actuar ante la realidad aberrante del momento, el papa había corrompido la autoridad eclesial, la iglesia dejó su esencia y el pueblo luchaba por sobrevivir. Es aquí donde Martín busca en sus estudios teológicos y prácticos retornar a la iglesia del evangelio, pues estaba totalmente convencido de que la iglesia necesitaba reformarse, es decir, regresar a su forma real. 

     Martín hace un llamado a la iglesia y al líder, para él lo principal es que el evangelio codifique las decisiones del papa y del mismo clero, las circunstancias mostraban que los intereses ya no estaban puestos en el ser humano sino en caprichos innecesarios de León X.  Esto incomodaba, ya que hasta cierto punto ¿qué podría enseñarle un pobre monje a la gran autoridad eclesial? Después de todo, esta última tenía un gran número de sacerdotes a su lado que le ayudaban a regular sus propuestas. 

     Esa era la gran molestia de Martín Lutero, no sólo una persona estaba oprimiendo, sino que quienes fueron llamados para servir al pueblo se habían  prestado para ser parte en la  deshumanización de sus líderes, por eso, en su pasión de sacerdote autentico escribe “El ser sacerdotes no quiere decir que solamente lo seamos para nosotros mismos, sino que lo seamos para los demás y los demás para nosotros” (González, 1994), es decir, es inútil un sacerdocio que olvide a la comunidad, más bien debe buscar una unidad con los demás y así mismo rescatar a la sociedad.

     Al no ver respuestas favorables en sus observaciones optó por escribir un tratado de 95 tesis en contra de los abusos papales e invita a dialogar sobre las mismas, el joven Martín era brillante e inteligente, así que decidió poner por escrito todas aquellas cosas que no compartía y el 31 de octubre de 1517 él mismo clavó este documento en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg, posterior a eso fue reproducido gracias a la intervención de la imprenta y gran parte de Alemania, al igual el papa, conoció sus propuestas.

     Esta acción hizo estallar a la iglesia en contra de Lutero negándose a dialogar con él e invitándolo a retractarse de lo escrito, ya que tenía votos de lealtad a la “santa iglesia y al papa”, sin embargo, Lutero estaba seguro de sus convicciones, lo que se vivía no tenía nada que ver con el evangelio y, aunque algún credo le había obligado a hacer “votos de lealtad”, decía que la iglesia y aún la Biblia misma habían sido producto del evangelio, por lo tanto,  toda enseñanza y practica debe ser interpretada a la luz de este.

Como olvidar su declaración en 1521 en Worms, cuando le pedían retractarse de todo lo que había escrito, y su defensa solo fue:

Y mientras mi conciencia esté atada por las palabras de Dios, no puedo ni quiero retractarme, porque obrar contra la conciencia no es ni seguro ni honesto. Que Dios me ayude. Amén” 

     Su lucha fue incansable y a la misma vez desgastante, pero creía que la verdad de Dios, podría crear un nuevo mundo, uno donde todos vivan en la paz y plenitud de Dios, un lugar en el cual es posible la hermandad, la igualdad y la salvación esté libre de impuestos, su anhelo era que la gracia y el amor dada por el creador regularan la existencia de todos en el hoy.

La reforma como inspiración

     Releer la reforma protestante nos desafía, pues su remembranza no debe quedarse en un simple movimiento de 95 tesis y en un par de documentos que dividieron a la iglesia, más bien hay que tomar estos tratados, hacer un análisis de nuestra realidad y sumar a los escritos de Lutero. En el siglo XVI tenemos la respuesta al mal espíritu de esa época, y se nos modela cómo debe ser la auténtica iglesia, una que lejos de seguir cualquier credo o jerarquía debe de preocuparse por la dignificación del ser humano en esta vida.

     El movimiento reformador nos reorienta en el quehacer de la iglesia y nos responsabiliza en nuestra realidad histórica, no se trata de hacer hegemonía religiosa, más bien es encontrar la esencia y reformar nuestra predicación cada vez que sea necesario mediante el filtro del Evangelio. Además, nos recuerda que nuestras frágiles estructuras humanas pueden fallar, por eso nuestros “votos” se hacen con Dios, no con hombres ni concilios que pueden deformarse.

     Nuestra actitud debe ser correcta, no se trata de salir corriendo y formar nuevas iglesias, sino de reconstruir la fe del Evangelio en cada una de las nuestras.  Hay que luchar, debatir, cuestionar, pero a la misma vez servir, amar y respetar, pues lo que el mundo actual necesita es que en medio de tanto caos y oscuridad la Palabra de Dios le regrese la plenitud y la felicidad existencial.

Bibliografìa consultada: Gonzales, J. L. (1994). Historia del Cristinismo. Miami Fl.: Caribe .

Marco Medina / Manuel Murillo

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